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Después de un largo camino, siempre es agradable conversar... aunque hay veces que el silencio es más sugerente.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Vacaciones en Rodas I

Transcribo el diario, conforme lo fui escribiendo en nuestro pasado viaje a Rodas, y tal y como consta igualmente publicado en la página web "Los viajeros".


24 de Junio de 2011 - Llegamos a Rodas.


Comienzo a escribir este diario hoy, aunque en realidad nuestro viaje comenzó ayer por la tarde, que fue cuando salimos de Zaragoza destino Bérgamo. En Bérgamo hemos pasado la noche y esta mañana temprano, de nuevo acudíamos al aeropuerto a tomar el vuelo que nos llevaría hasta Rodas.


La cola que se ha formado ante la puerta de acceso al avión (ambos vuelos han sido con Ryanair) era significativa. Casi había tantos niños como adultos, la mayoría de nacionalidad italiana. Está claro que Rodas es un destino familiar.
Nosotros, que tenemos pocos destinos desde nuestra ciudad, hemos hecho en otras ocasiones lo mismo. Volar desde Bérgamo que, además, es una ciudad preciosa si tienes que hacer alguna noche, es una opción que nos resulta más o menos barata y sobre todo, muy cómoda.


Son unas tres horas de vuelo, hasta llegar al aeropuerto de Diágoras, en Rodas. Como ya sabíamos, el aeropuerto es muy pequeño, casi más que el de Zaragoza, que ya es decir.
Vamos de inmediato a recoger el coche que hemos alquilado desde España para una semana, o sea para todos los días, y cumplido el papeleo, teniendo en cuenta que nos hemos dejado una hora por el camino (en Grecia es una hora más tarde) y que casi es mediodía, nos ponemos en marcha hacia el hotel.


El hotel es el “Lydia” y lo que hemos alquilado más que una habitación cuádruple resulta ser un apartamento bastante grande. Tenemos dos habitaciones, dos baños, un salón-cocina, tres televisores (¡¡!!) y una terraza inmensa. Bien situado, cercano tanto a la zona del puerto como al casco histórico.


Por la tarde comenzamos a visitar la ciudad muy relajadamente.
Nos encaminamos hacia la zona del puerto conocida como Puerto Mandraki. Antes era el puerto de la ciudad. Ahora es de las embarcaciones de recreo.


Hemos venido hasta aquí para encontrar el lugar en el que se dice que estuvo el famoso coloso de Rodas, el que construyeran los rodios para conmemorar su victoria sobre Demetrios, allá por el año 305 antes de Cristo.
Levantado por el escultor Jaris Lindio. Fue considerado una de las siete maravillas del mundo. Desgraciadamente, un terremoto en el 226 antes de Cristo derrumbó la escultura de 31 metros, que se dobló por las rodillas.



Hoy, en el supuesto lugar, hay dos columnas coronadas por ciervos, que forman parte de la estampa más típica de la isla. 


Son macho y hembra y resultan ser algo así como los símbolos de Rodas.



Al fondo del muelle, la fortaleza de San Nicolás y junto a ella encontramos la iglesia de la Anunciación, a la que entramos. Destaca su barroca ornamentación y su interior completamente lleno de iconos de variado colorido.



Será nuestro primer encuentro con el culto ortodoxo, tan rico en rituales y decoración.



Para mayor contraste, tenemos al lado la pintoresca mezquita de Murad Reis con su esbelto minarete blanco. Está cerrada. En su interior un cementerio turco.


Al lado se halla “Villa Cleobulus” donde vivió el escritor Lawrence Durrel y escribió “Reflexiones sobre una Venus Marina. Viaje a Rodas”.


Frente a la mezquita y al otro lado del puerto, se elevan las figuras de los grandes molinos de viento medievales, donde molían el trigo que desembarcaban los barcos mercantes.


Las niñas quieren su ración de playa, así es que aprovechando la cercanía de la de Elli, nos acercamos unos metros a la inevitable zona de tumbonas, sombrillas y demás, hasta encontrar un espacio libre en el que extender nuestras toallas discretamente.



Nos cuesta, pero lo logramos.


Esta es la playa de la ciudad. Comienza al norte de Mandraki, sigue por la parte septentrional y baja por el lado oeste. Playa de guijarros, en este momento está tomada por los turistas de hotel a pie de playa.


Las primeras conclusiones en relación con el turismo en Rodas por lo que vemos hoy aquí, es que la isla parece muy entregada al turismo. Al menos en Rodas capital, habrá que hacer un gran esfuerzo de abstracción, para lograr ver la esencia de la isla griega.


Espero que sea simplemente una primera conclusión, prematura y equivocada.


Tras el breve baño, que sólo toman las niñas, seguimos camino hasta el final del muelle para llegar al Acuario.


Entramos a conocer el mundo submarino del mar Egeo en nuestro primer paseo por la ciudad. El edificio es una construcción italiana “art déco” de los años treinta. Concebido como estación de investigación biológica. La entrada son 5,50 euros los adultos, 2,50 las niñas.



Pantallas con videos, ejemplares disecados de algunos monstruos marinos, objetos relacionados con la vida submarina… La exposición de peces vivos, a la que se accede por un pasillo circular, se asemeja a una oscura caverna que abriera ventanas al fondo submarino. Aquí y allá van pululando los pececillos, con cara aburrida, dentro de esas peceras, a veces demasiado angostas.

No es muy grande y lo recorremos en seguida.


Me voy dando cuenta de que aquí, en la ciudad de Rodas, todo está cerquita. En un paseo y deteniéndonos muchas veces, hemos llegado hasta el punto más septentrional de la isla, que es en el que se halla el Acuario.



La tarde va cayendo y la temperatura también. El aroma de unas mazorcas de maíz ligeramente tostadas nos persigue desde hace un rato y no podemos resistirnos a devorar un par de ellas. Resultan pintorescos esos carritos y las mazorcas estaban buenísimas.

Decidimos volver a nuestro hotel, descansar un rato, dejar bártulos de playa y acercarnos a cenar por la parte antigua de Rodas.


Hay mucha animación. Bares y restaurantes comienzan a hacer su agosto en junio. La gente parece dispuesta a pasárselo bien y dejarse los euros en la labor. (Crisis? What crisis?)


Las grandes murallas de la ciudad antigua no tienen pérdida. Entramos a la ciudad medieval por una de sus puertas, concretamente la conocida como "D‘Amboise Gate". Las calles empedradas y el entorno hacen que nos traslademos al pasado durante unos minutos.

Hoy la ciudad antigua es una ciudad viva, en la que sus habitantes (más de seis mil) trabajan y viven en los mismos edificios donde lo hacían los Caballeros de San Juan, hace más de seis siglos.



El primer encuentro con la ciudad nos decepciona un poco por su marcado carácter turístico. Parece más bien un gran bazar. Artesanía de todo tipo, joyerías, reproducciones de viejas estatuas, productos naturales (típicas las esponjas o productos hechos con aceite de oliva), de piel,… todo lo que quieras, mezclado con otros puestos sospechosamente “made in China” y las consabidas baratijas impersonales.


A nuestra hija mayor, que es poco viajera y muy compradora, se le pone la mirada contenta con el panorama.


Los recuerdos y regalos para el último día, le voy advirtiendo.


Los descendientes de antiguos griegos, francos, turcos y judíos que en otras épocas poblaron la ciudad, se dedican hoy a vivir del turismo. Es como un zoco interminable en el que casi no logramos distinguir los edificios históricos con los que nos topamos.


Lo que surgen continuamente son camareros que nos invitan a sentarnos en sus restaurantes, que también los hay a decenas.


Algunos de los puestos nos resultan más atractivos…





… y encontramos un sitio en que comprar bocatas (era nuestro objetivo, una cena informal, ya que no hemos podido comprar comida para hacerla en el apartamento).


Nos sentamos en los escalones de un antiguo edificio (bastante concurridos, por cierto, por otros viajeros) a contemplar el panorama, entre bocado y bocado. (Añado, a posteriori, que estamos en la plaza Hipócrates, aunque el primer día, tan aturdidos con las novedades y que era de noche, no nos fijamos en el nombre de la plaza).


Un chiquillo con un acordeón se nos acerca a pedirnos unas monedas. Ya me había fijado en esto. Niños con acordeones (que parecen de juguete, pero no suenan mal) que van pidiendo por las calles. El que viene hasta nosotros no tendrá más de siete años. Se acerca, toca un poco hasta que alguien le da una moneda y se va. Al rato, volverá a ver si ha venido alguien nuevo y repetir la operación.


Nuestras hijas deciden que nos vamos a casa que están cansadas. Así lo hacemos.


A mí aún me queda escribir estas líneas y preparar el itinerario de mañana.

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